domingo, octubre 25, 2020
Columnas

Aquel 3-0 en el Monumental de Núñez

Carlos Domingues, Daniel Chapela y Bruno Gómez.
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A veces se agotan los temas para analizar o simplemente la mente se embota. Tengo rato tratando de escribir pero de la mente no sale aquel recuerdo de un viaje a Argentina por eliminatorias mundialistas, justo cuando estamos a días apenas de comenzar la aventura que nos podría llevar a Catar. Las anécdotas se acumulan de aquella experiencia por tres días y aquí se las comparto.

Era marzo de 2013 y la clasificación al Mundial de Brasil se había tornado cuesta arriba para Venezuela, más allá que fue en aquel premundial cuando más de cerca se vio la posibilidad de, al menos, meterse en el repechaje. La Argentina de Sabella esperaba hambrienta: una victoria los metía prácticamente en la cita ecuménica de 2014. Para allá viajamos a transmitir aquel duelo en el Monumental de Núñez.

Trabajaba en Directv Sports por aquellos días. El staff que conformamos Daniel Chapela (comentarios) y Bruno Gómez (informante de campo) iba acompañado por los productores Fernando Casal, Francisco Alvarado y Antonio González (el popular “Loro”). Aterrizamos en Ezeiza bien entrada la noche y nos chequeamos en el hotel en la madrugada. Como no habíamos dormido casi nada en aquel vuelo de Copa con escala en Lima, al día siguiente el desayuno dio paso al almuerzo por el horario en que salimos a comer. Comenzó la aventura.

Nos fuimos en dos taxis a Puerto Madero. Caminamos un rato para escoger algún lugar de carnes (estábamos en Argentina y no podíamos dejar pasar la posibilidad de comernos un buen steak). Entramos en uno muy bonito, que estaba casi vacío. Se llamaba La Cabaña. Recuerdo perfectamente que la carta no indicaba los precios, pero la opción gastronómica era delirante. Ahí comí la mejor carne de mi vida.

Como la carne no puede comerse sin un buen vino, Chapela (un catador de los buenos) solicitó la carta: “Yo pago”, nos dijo (los viáticos no cubren licores en viajes de trabajo). Cuando el buen mesero le trajo la carta, Daniel alucinó. Al ver que el hombre realmente sabía de vinos, el maitre lo convidó a pasar a la bodega del restaurant. Cuando nuestro comentarista volvió, venía con cara de niño con juguete nuevo y traía en cada mano una botella. “Tienen que probar esto. Les aseguro que jamás lo igualarán”.

Puedo decir que fue la mejor comida de mi vida, sin duda. La disfrutamos enormemente. Fernando Casal (jefe de producción) pagó la cuenta con la tarjeta de crédito de la empresa y nos fuimos de nuevo en dos taxis al hotel. A Casal le inquietaba saber cuánto había gastado en aquella comida, porque nunca supimos los precios ni el diferencial cambiario peso – dólar. Recuerdo que él iba de copiloto y el taxista, un señor ya mayor que conducía un viejo Peugeot negro con amarillo le preguntó muy educadamente: “Disculpe, ¿puedo preguntarle si ustedes comieron en La Cabaña?”. “Sí, claro, ahí comimos”, contestó nuestro productor. Ahí comenzó el tormento.

“No quiero ser entrometido pero puedo saber cuánto pagaron”, consultó de nuevo nuestro amigo. Yo no recuerdo realmente cuál fue la cifra que pagamos, pero Casal le respondió algo así como once mil pesos, cuando en realidad la cuenta había sobrepasado los quince mil. “¡Poh, les rompieron el orto!”, exclamó el señor que ante la cifra astronómica dejó cualquier atisbo de caballerosidad y decencia.

Fernando, lógicamente alarmado, le repicó preguntándole si esa cifra era demasiada plata. “Claro, con eso puedo almorzar un mes completo”, contestó, agregando un comentario que nos elevó la preocupación aún más: “En ese restaurant comieron los Rolling Stones y Madonna cuando vinieron a un recital en Buenos Aires”. Nos miramos la cara unos a otros ya realmente asustados y elevando ambas cejas.

Lo primero que hizo Casal al llegar al hotel fue consultar cuánto habíamos gastado y efectivamente quedaban solo cien dólares disponibles de todos los viáticos que habían girado a la tarjeta para todo el viaje. A partir de ahí, nos tocó a todos poner de nuestro dinero en cada comida (esa noche no cenamos de la vergüenza). Chapela nunca había pagado tanto por un buen vino (en dos botellas).

A partir de ahí, una marea de despropósitos: a mí me dio una indigestión descomunal después de comer en Siga La Vaca, Bruno botó la tarjeta de crédito con dólares CADIVI cuando estaba conociendo La Bombonera (hubo que financiarlo en el viaje), mi novia por aquel entonces decidió dejarme porque revisó mi laptop y se dio cuenta en el historial de Google que había revisado el perfil de Facebook de una ex (sí, por eso rompió conmigo)… y aún nos esperaba la transmisión del partido.

Gracias a Dios, la transmisión no tuvo detalles, salvo que el resultado nos dejó sentenciada prácticamente las posibilidades de clasificación: 3-0 con exhibición goleadora de Gonzalo Higuaín y un gol de Messi desde el punto penal. Quien no la pasó tan bien fue Bruno, que estaba a pie de cancha y para protegerse la cara de un criminal despeje de Mascherano, tuvo que meter la carpeta acrílica donde tenía todos los datos apuntados. El plástico se partió en mil pedazos. “¡Puah, te hizo mierda”, le dijo Walter Queijeiro, que estaba a su lado. Nos queríamos regresar pronto.

Vuelve la eliminatoria mundialista sudamericana. Vuelve el campeonato de fútbol más difícil que puede haber en el mundo. Vivirla de cerca no tiene comparación: hay quien ha estado presente en mundiales y no duda en asegurar que el premundial Conmebol se vive con más intensidad y pasión. Dios permita que las anécdotas sean todas bonitas.

 

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