martes, octubre 20, 2020
Columnas

Las lágrimas desconocidas

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Llorar una eliminación, llorarla de verdad. Lamentar la mala suerte de los tuyos, recordando cada pelota que prefirió otro camino; o peor aún, creer en un posible ajuste de cuentas del destino. Imaginar, otra vez, cómo habría sido ver ese uniforme en una final, allí, pasando justo al lado del trofeo. Atreverse a mencionar, a incluir en una oración condicional, la palabra campeón.

En una Copa América, esas eran emociones ajenas. Claro que otros seguidores se habían sentido así alguna vez, es lo normal para ellos, para esos países. Que un aficionado de la Vinotinto haya podido experimentarlo, entonces, dice todo sobre lo que significó el evento de 2011 para Venezuela.

Venezuela en la Copa América 2011

El éxito en el fútbol tiene mucho de trabajo y talento, y un poquito (especialmente en torneos cortos) de azar. Lo curioso es que sea por esto último que se recuerde el cierre de aquella aventura en Argentina, porque todo el camino hasta allí se construyó con paciencia sobre los dos primeros factores: desde el gran salto competitivo logrado por la selección en el ciclo de Richard Páez, que con su explosión se ganó la atención del país y del resto de América, hasta la evolución durante el proceso de César Farías, que dejó esta increíble experiencia, hace nueve años, como un hito en la historia de la Vinotinto.

Si bien el cupo al Mundial estuvo en la mira en ambos procesos, la ilusión generada en La Plata, Salta, San Juan y Mendoza fue única. Atrás quedaría la primera clasificación a cuartos de final en la edición celebrada en casa en 2007.

Fue la suma de la experiencia, esfuerzos, sinsabores y logros de los años anteriores. También fue el momento justo para dar el golpe, gracias a la combinación de generaciones (Rey, Arango, Vega; Vizcarrondo, Maestrico, Gabriel Cichero, Maldonado; Rincón, Rosales, Rondón) y el valioso fogueo en las ligas del extranjero de casi todos sus integrantes.

Fue la oportunidad para dar un paso más en esa mejoría bajo el mando de Farías, quien sacó el máximo provecho a una buena fase de preparación para este reto en Argentina. Comenzó con un trabajado empate con el Brasil de Neymar (convertido a su vez en objetivo del técnico venezolano), y a partir de ahí Venezuela exudó confianza. La única derrota llegaría en el partido por el tercer lugar. Celebró un triunfo clave contra Ecuador y un empate incluso más memorable con Paraguay, que pondría a la selección cara a cara con el azar, pues en esa convulsa fecha de cierre del grupo, el poderoso Chile quedaría como su próximo rival. Eso no impidió que Juan Arango hablara de luchar por el título, de alcanzar ese último partido.

En San Juan, Venezuela consiguió la gran victoria de esta cita y reclamó el permiso de soñar. “Final” ya no era una palabra tabú. Además, los gigantes Brasil y Argentina se habían despedido en penales contra Paraguay y Uruguay, respectivamente. Se podía incluso pensar que había algo escrito de antemano para la Vinotinto, al recordar algunas de esas pelotas insumisas a los mandatos chilenos durante el partido de cuartos.

Fue entonces cuando Paraguay, el finalista que no ganó un solo encuentro, interrumpió la película en los penales. Los balones que se enamoraron de los postes salieron esta vez de los botines venezolanos y el aprendizaje colectivo sumó un nuevo capítulo, uno desconocido hasta el momento: el dolor de verse tan cerca de la gloria y saber agradecer lo vivido, días y años después, una vez que se secaron las lágrimas.

*Carlos Avilán fue enviado especial por El Nacional para la Copa América Argentina 2011, junto con Javier Ramírez Musella. 

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