domingo, diciembre 5, 2021
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La Vinotinto del compromiso

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Culpar al desastre en la Federación Venezolana de Fútbol por el mal ambiente en la selección nacional es válido. Desde el FIFAgate, que devino en la detención de Rafael Esquivel por casos de corrupción en Estados Unidos, la dirigencia federativa ha demostrado no estar a la altura de los desafíos en los nuevos tiempos. Ni Laureano González, ni Jesús Berardinelli (que en paz descanse). Es tiempo de Jorge Giménez para demostrar que a las intenciones le corresponden hechos positivos. Hasta ahora, sigue en deuda.

Pero a los jugadores también se les debe exigir. Los resultados son producto de acciones en el campo, y mientras se les respete en las condiciones de concentración y trabajo, claro que se les debe exigir resultados.

Que Venezuela esté en el último lugar de las Eliminatorias es responsabilidad tanto de la FVF como de los jugadores, pasando evidentemente por las fallas en el cuerpo técnico (un cuerpo técnico al que se le adeudaron meses y meses de salarios, valga recordar). Las condiciones en las Eliminatorias a Qatar 2022 fueron terribles, y muestra de eso es la actual posición de la Vinotinto.

Con el actual escenario, la palabra “compromiso” está en boca de todos, pero en las decisiones de pocos. La ausencia de jugadores clave en la triple fecha de octubre terminó de abrir la caja de Pandora: no todos quieren disputar las fechas restantes sin jugarse el pase a Qatar. Prefieren quedarse en sus clubes, que al final son los que pagan el sueldo.

Se respeta, claro. Son atletas profesionales, y de sus carreras depende la estabilidad de sus familias. Es una situación que es entendible.

El problema pasa sobre el compromiso con la selección. Para muchos es un tema de romanticismo, de hundirse en el barco como capitanes del siglo XIX. Y en el aspecto real, son contados los futbolistas que tienen esa condición, esa idea, ese principio. “A la selección nunca se le dice ‘no”, es una frase que se repitió durante mucho tiempo.

Vinotinto Chile
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(Léase a partir de aquí con todo el tono irónico de cada letra, para no herir susceptibilidades).

En las buenas, la selección es la representación no del país, sino de la patria, la encarnación de los sentimientos que fluyen en nuestras venas, el ADN venezolano. En las buenas.

En las malas, pues es una carga más.

En las buenas llevamos la épica hasta el firmamento, herederos de la estirpe de nuestros guerreros, libertadores, gallardos soldados que dejan nuestra bandera en alto, con sus ocho estrellas blancas convertidas en dorado, guacamayas surcando el cielo con los acordes del Alma Llanera.

Toda la poesía y el verso. La gloria.

Pero en las malas, es poco más que una venda usada a la que hay que retirar.

Y estamos en las malas.

Cuestión de discurso, cuestión de principios. Cada quien es cada cual. 

El compromiso no se pone a prueba en los momentos positivos, sino en los negativos, como los actuales. Y aquí es donde se ven las costuras.

Que los que estén, que los que sean llamados para sustituir a los ausentes, sepan aprovechar su oportunidad. Que se ganen el puesto no solo en el once, sino en el corazón de los fanáticos. La selección (aunque esté en el foso) siempre será una vitrina extraordinaria para el profesionalismo, para alcanzar mejores posiciones en su carrera. Imaginen marcarle un golazo a Ecuador o a Perú en noviembre y ser observado por algún club en el exterior, para dar luego el salto internacional. Como profesionales, repetimos, es una vitrina extraordinaria.

Sin verso. Solo yendo directamente a la realidad.

Pero para los que ya lo tienen todo (sabrá cada quién qué es tenerlo todo), hoy la selección es un mal que hay que evitar. Eh (de nuevo, irónicamente, para los susceptibles), pero que pronto comenzará una nueva eliminatoria, otra oportunidad para ser “guerreros y libertadores”, porque “vestir la camiseta de la Vinotinto es un privilegio”… a menos que las cosas vuelvan a salir mal. Allí se acaba el sueño, y es mejor quedarse en casita, bien arropaditos hasta el cuello, cuidando el trabajo. Que la gloria es cosa de romanticones.

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