sábado, mayo 28, 2022
HistóricosLa Vinotinto

La noche de la ceguera

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El martes 14 de agosto de 2001, Venezuela recibió a Uruguay por las eliminatorias al Mundial de Japón y Corea. Ese día, mientras caía el sol en Maracaibo, Venezuela le ganó por primera vez en la historia al rival celeste, que complicaría su tránsito hacia el Mundial. Finalmente Uruguay accedió al repechaje que le daría el boleto definitivo al lejano oriente, donde tuvo una gris participación y levantó amarras en la primera ronda, pero el golpe que recibió en Maracaibo fue el prólogo de la historia que se escribiría 3 años después.

Para el siguiente ciclo mundialista, los directivos sureños le entregaron el timón de su selección a Juan Ramón Carrasco, un tipo díscolo que prometía revolucionar al fútbol uruguayo. Carrasco había dirigido a Rocha FC en 47 partidos, ganando solamente 9 y al Centro Atlético Fénix, donde cumplió la mejor temporada de toda su historia, finalizando terceros y accediendo a la Copa Libertadores. Dos equipos chicos que jugaban bien pero que así como hacían varios goles por partido, los recibían en cuotas similares. Tal vez el mayor de sus méritos para llegar al banco, donde se habían sentado tantas glorias, era ser amigo del empresario Paco Casal quien, para entonces, era prácticamente el dueño del fútbol uruguayo y su selección. Su empresa Tenfield, tenía los derechos de transmisión, comercialización e imagen de la selección uruguaya. A pocos días de su debut, Claudio Mauri del diario La Nación de Argentina le preguntó a Carrasco si tenía algún técnico como referencia y su respuesta llamó la atención: “No, ninguno. Si nadie juega con tres delanteros como yo.” Pero fue más categórico, aún, cuando dijo que sería el “Maradona de los técnicos”. La experiencia que podría faltarle le sobraba en autoestima.

En la quinta jornada de las extenuantes eliminatorias hacia el Mundial de Alemania 2006, Uruguay recibió a Venezuela. El equipo de Richard Páez venía de ganarle a Colombia y a Bolivia, sumando 6 puntos. Uruguay tenía 7 puntos. Un detalle, no menor, la diferencia entre ambos equipos era de 1 punto. Solamente 1 punto.

En la mañana del día anterior al partido, el martes 30 de marzo de 2004, el periodista venezolano Hans Graf se levantó temprano, bajó las escaleras, atravesó el hall del Hotel Continental y salió a recorrer la avenida 18 de Julio, en el centro montevideano. En la calle sintió un viento otoñal y lo abrazó un solcito tibio, distinto al que conocía en Caracas, que calentaba poco y nada. Caminó algunas cuadras, conociendo, y se detuvo en un kiosco donde compró varios diarios. Pidió un taxi para el Montevideo Shopping y se fue ojeando los cuerpos deportivos alternando con el paisaje. En el diario El País, encontró un aviso publicitario que formaría parte de la épica que se construyó alrededor de esa fecha. Era una media página, a full color, de la empresa de televisión por cable Nuevo Siglo que mostraba la foto de un “futbolito”, donde se veían 11 muñecos vestidos de celeste. Los otros 11, que completarían el tablero, no estaban. La imagen era acompañada por una impactante leyenda: “Venezuela, no existís”.

Imagen cortesía Hans Graf
Imagen cortesía Hans Graf

El taxi de Graf llegó a su destino y caminó sin apuro hasta el Hotel Hilton Garden Inn, donde estaba la delegación venezolana. Entró sin problemas y buscó el restaurante donde el equipo estaba terminando de desayunar. Saludó a un par de colegas y fue hasta un grupo de jugadores, Dudamel, Leo Jiménez, Urdaneta. Luego se sumaron Napoleón Centeno y el doctor Richard Páez. Todos vieron el aviso y sintieron lo mismo: “Era el sumario del desprecio; la humillación hecha imagen”, contaría Graf, tiempo después. También habían visto a Juan Ramón Carrasco, la noche anterior, quien se animó a pronosticar en televisión que su equipo llegaría “unas 16 veces al arco rival” y concretaría cinco o seis goles. Ese triunfalismo, avalado por la estadística entre ambas selecciones, fue aprovechado por el estratega Richard Páez y su equipo de trabajo. Todo pasaba por la motivación y el cambio de actitud. Venezuela, en esa eliminatoria, jugaba bien a la pelota pero nunca había ganado visitando a uno de los grandes del continente. Necesitaba un empujoncito.

La agencia encargada de la publicidad de Nuevo Siglo era la mutipremiada Publicis Ímpetu. Esteban Barreiro, Director General Creativo de la agencia, recuerda el aviso vagamente: “Para nosotros fue un aviso producto del trabajo del día a día y su paso fue muy fugaz (…) En ese momento se publicaba un aviso cada vez que había un acontecimiento importante para la programación del cable.” Barreiro no imaginaba la trascendencia que tuvo su trabajo en la historia del fútbol venezolano. Fue el empujoncito.

La publicidad, ya se sabe, es el manejo de las percepciones. La búsqueda del deseo. La promesa de felicidad. El consumidor pocas veces recuerda lo que dice un aviso pero no olvida cómo lo hizo sentir. “Yo utilicé ese aviso el día de mi charla técnica contra Uruguay. Coloqué la página en la pizarra donde marcaba la estrategia para el partido. La puse para lograr en mis jugadores una motivación especial, para mí fue un detonante emocional para ese partido y lo logramos”, me cuenta el estratega Richard Páez.

La noche del 31 de marzo del 2004, en el estadio Centenario, monumento al fútbol mundial, con una asistencia oficial de 40.094 espectadores, Venezuela goleó 3 a 0 a Uruguay. Tac, tac, tac. Urdaneta, González, Arango. Tac, tac, tac. El sonido seco de la pelota golpeando contra la madera de ese futbolito imaginario, provocó una debacle en el orgullo charrúa. El capitán venezolano Luis “Pájaro” Vera cuenta que “en pleno partido se veía la angustia del jugador uruguayo porque se pensaban invencibles frente a nosotros y nunca se imaginaban que pudieran ir perdiendo contra nosotros. Estaban muy confundidos, se veían a las caras, consternados. No lo creían”.

Los últimos minutos fueron en un clima caliente –refresca su memoria el periodista uruguayo Jorge Señorans- la gente en la tribuna empezó a protestar por el precio de la entrada, otros gritaban “ole” cuando Venezuela tocaba la pelota a los costados y en la salida había un clima violento. Había gente con mucha bronca, tiraron algunas piedras contra el ómnibus de la selección y cuando salió Carrasco, en la camioneta de su colaborador, la gente se abalanzó y le golpearon los vidrios. Carrasco no miraba, tenía la mirada perdida en el horizonte. Lo que generó esa derrota fue una frustración bastante grande”.

Imagen cortesía Hans Graf
Imagen cortesía Hans Graf

Esa frustración, que con el paso de las horas se transformó en vergüenza, provocó la destitución de Carrasco, quien confesaría después: “Esa noche ante Venezuela representó la primera vez en mi vida que quise que un partido terminara cuanto antes” y lo consideró una mancha histórica. Dos días después el diario La República consultaría a sus seguidores y un 92% estaba de acuerdo con la destitución de Carrasco. Al “Maradona de los técnicos” le cortaron las piernas después de 13 partidos.

Un rato después del final de aquel partido, Richard Páez llegó a la sala de prensa y lo primero que dijo, exultante, fue: “Venezuela existe”, en clara alusión al aviso publicitario.

Meses después, en octubre, en el evento publicitario que organiza el Círculo Uruguayo de la Publicidad y premia a su industria, Publicis Ímpetu fue elegida la agencia del año y ganó en la categoría de impresos con un aviso de Nuevo Siglo, que promocionaba el partido entre Uruguay y Paraguay. Por el aviso del “Venezuela, no existís” no recibieron premio pero me dice Barreiro que sí ganaron experiencia: “Nos quedó como aprendizaje que los uruguayos siempre debemos seguir nuestra tradición y ser humildes, cuando salimos de esta regla evidentemente nos va muy mal”.

No era un equipo invisible aquella selección de Venezuela, venía de ganar dos partidos seguidos; los uruguayos fueron derrotados por su ceguera. Fueron, como diría el maestro Saramago: “ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Imagen cortesía Hans Graf
Imagen cortesía Hans Graf

1 Comment

  1. Excelente crónica faltó un poco de contexto de cómo venía la relación del dt con los jugadores, pésima es poco, un coctel que no desmerece para nada la histórica victoria pero hubo la clásica cama

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