miércoles, octubre 27, 2021
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Gaetano Luongo: el hombre más leal en la historia del Caracas FC

Gaetano Luongo
Gaetano Luongo
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El que ha trabajado con Noel “Chita” Sanvicente sabe que es un “jodedor” de primera, más allá del temple serio que imprime en sus apariciones públicas.

Recuerdo esa tarde en Acarigua (o Araure, no sé, están muy pegadas), en un hotel lujoso pero alejado de la ciudad, que “Chita” le estaba “sacando la piedra” al bueno de Gaetano Luongo, el sempiterno utilero del Caracas FC en un momento de distensión pre-partido en el estacionamiento del recinto que se ufanaba de “ecológico” .

“¿Tu has visto Coronis? ¿Dónde hay un utilero en el mundo que tiene un trapo? ¿Tú has visto que el utilero sea el tipo más importante del equipo?” decía el DT, mientras los presentes se reían porque “el viejo” empezaba a “picarse”.

Pero pasada la broma, con Gaetano retirado para organizar el entrenamiento en el estacionamiento y con la fresca brisa de final de tarde del llano, “Chita” aseguró con su enérgica seriedad, cigarro en mano: “Si hay alguien que merece todos los homenajes en Caracas, es ese señor”.

De verdad, es inusual una veneración alrededor de un utilero en un equipo de fútbol, pero la historia de Luongo es de una fidelidad pocas veces vista. El martes se fue el corazón de la historia del Caracas, el único presente en las doce estrellas del equipo. El que estuvo, desde que Guillermo Valentiner compró el club, en todas las malas y todas las buenas.

 

Amor a primera vista

Cuentan que Luongo, como buen italiano, le gustaba el fútbol. En Caracas, empezó a practicarlo en Don Bosco, pero, no le atinaba tan bien la pelota. De hecho, cuentan que no era para nada bueno.

Sin embargo, se enganchó rápido con el ambiente del fútbol metropolitano de los 80. El fútbol de segunda división no era nada sólido, a veces inexistente y ni que decir de las categorías nacionales juveniles.

Por eso, los torneos regionales eran buenos y el de Distrito Federal, de los mejores, cuidado si el mejor del país. Ahí, destacaba Madeirense, equipo propiedad de la conocida cadena de supermercados Central Madeirense. Lo dirigía Manuel Plasencia y esa escuadra, tenía buenos jugadores porque era el único que le garantizaba mercados a sus jugadores, lo que le hizo apetecible para las piernas habilidosas de la capital.

Luongo empezó como todero de Plasencia: delegado, trae balones, aguatero… disfrutaba esa etapa silvestre del fútbol, solo por amor al deporte.

En 1989, ocurre la crisis del Caracas FC de RCTV y la rápida llegada de Guillermo Valentiner para salvarlo de su extinción. Con días apenas para formar un equipo y una estructura para enfrentar a Deportivo Italia en el debut, Valentiner se lleva a Plasencia y este, a su combo, que incluía a Gaetano.

De RCTV quedaban dos utileros, uno mayor de nombre Justo y un guaireño apodado “Papito”. Pero Gaetano, le dijo que se quedara tranquilo que solo quería ayudar y que no se preocupara por sueldo o salario.

Gaetano Luongo
Gaetano Luongo

Fue amor a primera vista con el Caracas FC. Luego de jugar con Italia en la fecha del estreno y apoyar en todo lo que se podía, tocaba viajar a Mérida, a encarar a Estudiantes.

Luongo, al no ser nómina, no tenía derecho de viajar en avión con el plantel. Pero eso no importó. Se fue por su cuenta en bus, en carretera toda la noche y cuando la delegación sauria llegó a la ciudad andina, estaba “el italianito” esperando al equipo en el desembarque del aeropuerto y con un café, tal como le gusta al profe Plasencia.

Su abnegación le valió regaños. En Barinas, partidos después, Luongo se quedó hasta tarde en la noche arreglando balones y uniformes. Plasencia y su asistente dormían en la misma habitación y había quedado la puerta abierta. Al despertar, la sorpresa fue encontrar a Gaetano durmiendo en el piso, haciendo media almohada con el doblez de la alfombra.

La arrechera de Plasencia no fue normal: “¡Gaetano! Esta vaina no me la haces más nunca!”. A partir de ahí, del bolsillo del profe y los jugadores, se aseguraba la habitación y algún dinero para el abnegado utilero, que llegó a formar parte de la nómina apenas una temporada después.

Así fueron surgiendo anécdotas de quien se convirtió en el principal utilero del equipo. Por un tiempo se ganó el apodo de “Correcaminos”, pues cuando Plasencia era expulsado, iba corriendo de una grada del Brígido Iriarte a otra a llevar los cambios del profe. Una época sin celular, pero con gente de buena voluntad.

Para la primera estrella del Caracas, en 1992, los rojos debían vencer a Marítimo en el último juego, una especie de final porque los rojiverdes también tenían chance. Antes del partido se encontró con “Cayoyo” Domínguez, su amigo, y lejos de saludarlo, le gritó “hoy vamos a quedar campeón, no vas a hacer ni medio gol”.

Y así fue. Ganaron ese día. Y siguió, en cada celebración colorada. “La fidelidad fue con Caracas, no conmigo. Yo me fui del equipo y él quedó ahí. Amaba a Caracas, como nadie”, recordó Plasencia.

Con Plasencia, aprendió un día que le faltaban una trenzas a un jugador una frase mantra para su historia: “El no hay, no existe”. De hecho, cuando llegó Vladimir Popovic a Caracas, un DT de rodaje internacional, que había dirigido los mejores clubes en Colombia y ganó la Intercontinental con Estrella Roja de Belgrado en 1991, aseguró: “no he conocido un utilero en el mundo como él. Es el mejor. ¿Qué utilero te saca un destornillador o un balón de rugby de la nada? Nadie”.

 

Humildad en los tiempos gloriosos

Gaetano veía como su amado Caracas crecía en títulos y popularidad. Eso le hizo viajar por todas partes. Es recordada una anécdota en la que en 2001, cuando Valentiner era el dueño del Lucerna en Suiza y  el rojo hizo una gira por allá.

Llegó Don Guillermo con una revista alemana a la concentración, donde Lothar Matthaus salía en la portada limpiando sus zapatos. “Si este carajo que es campeón del mundo limpia sus zapatos, deja que estos limpien los suyos, si te vuelvo a ver limpiando zapatos, te boto”, le dijo.

Pero Luongo, era un obseso de la limpieza, del orden. Que todo estuviera en su santo lugar. Y obviamente que hizo caso omiso.

Fue el mejor aliado de los jugadores, de los técnicos. Su confidente y consejero. Desde que empezó la época de la migración al exterior de jugadores rojos (“No se me vayan a agrandar”, les decía con cariño por teléfono), pasando por como cuidó las pertenencias en aquel recordado “Cucutazo” contra River y un sinfín de historias, que lo tenían a él, como prócer silencioso y testigo de excepción de un club que se fue convirtiendo en el más ganador del país.

Era fidelidad con una causa. Cuando hubo el conflicto Sanvicente-Cocodrilos, “Chita” le dijo para llevarse a su compadre a Real Esppor. Pero le dijo que el pertenecía a Caracas, que él se quedaba. Que lamentaba mucho como ocurrió todo, pero su lugar era Caracas.

 

La última estrella del más leal

Luongo también sufrió la sequía de diez años sin títulos del Caracas. Y por eso, celebró como loco el gallardete número doce de los Rojos.

“¿Qué me vas a entrevistar a mí, si quienes ganaron fueron los jugadores?”, me dijo cuándo lo abordé, luego de que, merecidamente, le dieron el honor de alzar el trofeo de la temporada 2019.

Habló de lo que significaba, de la espera, de que nunca había dejado de creer, ni en Noel ni en sus muchachos, ni en la institución. Era un desahogo.

Y una celebración muy en lo personal, porque pudo contarla. En la pretemporada para esa campaña 2019 que se hizo en Colombia, Luongo sufrió un infarto. “Casi se nos va el viejo”, comentaron en el club.

La Junta Directiva se reunió con él y le sugirió que por su estado de salud parara. Que no se preocupara por dinero, que iba a seguir teniendo su plata. Pero le dijo no. Qué él iba a estar hasta que Dios quisiera, tal como lo declaró ese día que jubiloso y entre lágrimas se lo remarcó a los medios de comunicación.

Gaetano Luongo en un XI inicial del Caracas FC
Gaetano Luongo en un XI inicial del Caracas FC

Aunque contaba con asistentes, su terquedad era difícil de doblegar. Capaz no cargaba cuatro balones, pero desplazaba uno o dos. Era una sensación de servicio que le taladraba: debo ser útil. Su alma le decía que tenía que estar ahí, ayudando, asegurándose de que todo salga bien, que cada detalle iba a contar al final.

Surfeó el primer extraño año de pandemia, pero ya no era el “Correcaminos” y el virus lo alcanzó. Dio positivo el 14 de marzo, previo a la vuelta de la llave Junior-Caracas. Tomó la decisión más dura: aislarse del equipo de sus amores, por el bien de todos. A los días de confinamiento, le escribía a sus amigos, a los del club, que iba mejorando. Quizás para no preocupar. En otros chats, confesaba que no se sentía tan bien.

El 6 de abril de 2021, la historia viva, el personaje más fiel y fiebrúo del Caracas partió. El héroe silencioso, el que tiene un trapo y al que todo el mundo quería, pero que prefería mantener su perfil bajo, para trabajar y ayudar. El testigo de excepción de la gloria roja, ha partido. Y hoy, deja un legado con ejemplo de vida sobre una palabra en desuso: lealtad.

 

Agradecemos los aportes de Jaime Ricardo Gómez, Elio Quintal y Manuel Plasencia para la elaboración de este artículo

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