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La Vinotinto, la casa de la abuela de los venezolanos

La Vinotinto.

La Vinotinto.

Las eliminatorias de CONMEBOL rumbo a la Copa del Mundo de la FIFA 2026, que se efectuará en Estados Unidos, Canadá y México, reiniciará su andar el próximo 5 de septiembre para la selección de Venezuela. Su rival será Bolivia y el partido será en El Alto a 4090 metros sobre el nivel del mar. Luego recibirá a la Uruguay en el estadio Monumental de Maturín, Monagas, el 10 de septiembre. El detalle es que el estado de euforia del venezolano que había en la Copa América se ha modificado a uno de zozobra y desasosiego, desde la madrugada del 29 de julio, posterior al anuncio de los resultados las elecciones presidenciales.

El país está más aislado y la sociedad en pleno conflicto. En las calles se respira una tensa calma. En redes sociales se clamaba que todos fijaran posición o irían a la quema por “tibios”. Varios jugadores de la Vinotinto se expresaron. Aparecieron en la red social X, aún bloqueada en Venezuela, las denuncias de Mario Sánchez (@MarioSanchezVE) y Daniel Nohra (@Cantogoles) de que “han existido llamadas de Jorge Giménez directamente a los jugadores vinotintos para que no hagan publicaciones al respecto de lo que sucede en Venezuela”. Luego tienes casos de mensajes más sutiles como Rubert Quijada, quien tras igualar a José Manuel Rey con 338 en el Caracas, en el marco de un triunfo 0-1 sobre Portuguesa, soltó un “el que gana cobra. Nosotros ganamos y cobramos”.

Incluso algunos poseídos por las pasiones y la arrechera -no cabe la palabra molestia- plantean la falsa dicotomía de: ¿Mundial o libertad? La cual es una falacia a todas luces. El mayor legado del ciclo de Richard Páez no fueron los cuatros triunfos consecutivos, que no se han vuelto a repetir; que calara el discurso motivacional del “atrevimiento”, darle identidad a la selección con el color Vinotinto o alinear tres zurdos en la zona de volantes. Su mayor logró fue sociológico. Convirtió a la selección nacional en un refugio en medio de la polarización. Un lugar seguro donde los venezolanos podemos coincidir en, por lo menos, una causa en común. Sencillamente se convirtió en la casa de la abuela, donde se va a comer parrilla o un sancocho con el resto de familia. Donde las diferencias se resuelven en sana paz. Un sitio en el que predomina el reencuentro, la unión y la alegría.

Fanáticos de Venezuela.

Aquí no pienso hacer falsas equivalencia entre oposición y oficialismo. Ni intentar minimizar los graves abusos del poder sobre el ciudadano de a pie. Para eso están analistas como Ricardo Sucre Heredia o Enrique Ochoa Antich. Si quiere informarse de la actualidad, el diario El País de España o Caracas Chronicles tienen una cobertura recomendable. En época de cámaras de eco y de polarización estimado lector, usted decide si quiere informarse por VTV o con Emmanuel Rincón, o si va un medio más ecuánime con Efecto Cocuyo/ Tal Cual / El Estímulo. En estas líneas pienso defender la figura de la Vinotinto como un refugio.

Como Eminem en “8 Mile”, yo mismo les regalo los adjetivos descalificativos si no comparten lo que voy a exponer: “Tibio”, “Tarifado”, “traidor”, “enchufado”, “chavista de closet”, “fascista”, “apátrida”, etc. Creo que abarque varios términos del festival de insultos con el que nos manejamos hoy en día. Pecando de cínico, realista o estoico hay que plantear unas realidades incomodas. Primero que todo que el fútbol es una pasión, pero a su vez un negocio. Esto es así desde la década de los 70’ con João Havelange. La FIFA y todas las confederaciones que la integran las mueve la plata. Lo de no mezclar política con fútbol es puro verso de su reglamento interno. Basta ver quiénes integraron los comités organizadores del Mundial de Rusia y Catar. No se crean que CONMEBOL escoge a Estados Unidos como sede por ser un bastión de democracia. Son por los billetes con la cara de Benjamin Franklin. El fútbol no para ni en Ucrania, que fue invadida por Rusia.

El Estado venezolano es uno de los grandes inversionistas en el deporte y en otros aspectos de nuestro día a día. Tras 25 años de revolución bolivariana no debe sorprender que Pedro Infante sea parte del directorio de la Federación Venezolana de Fútbol, como los nexos de Jorge Giménez con personas cercanas al círculo intimo de Nicolás Maduro. Como también es cierto que en el reinado de King George regresó la empresa privada como nunca antes, incluso Empresas Polar, que había salido en otrora para que Sabana Grande se casaran exclusivamente con PDVSA. ¿Me agradan esos vínculos? No. ¿Pasa en otros países? Sí, sino vean Turquía, una de las revelaciones de la última Euro. O incluso un bastión de los conservadores como Hungría. No es un tema de derechas e izquierdas. Me preocupa más con Fedecámaras es más “tibio” que la FVF. Pero es un tema de plata y de hacer equilibrios con el poder. Cada uno defiende sus intereses.

Los jugadores tienen una meta profesional: inscribir su nombre como los primeros en depositar a la Vinotinto en un Mundial. Eso no los hace ajenos a la situación país. Carlos Chancellor, padre del defensor Jhon, fue parte de ola de detenciones arbitrarias. Primero que futbolistas son ciudadanos y están en su legítimo derecho de expresar su opinión. Aunque hay que entender que en el contexto actual todo puede traer represalias. Hay que saber diferenciar entre ser valiente y ser temerario. Más allá del gran alcance que tienen mediante sus redes sociales, no los culpo si deciden ser más como Michael Jordan con el “los republicanos también compran zapatillas” o ser más contestarios como Muhammad Ali. Su mejor impacto puede ser dentro de la cancha, como cuando Didier Drogba ayudó a solventar una guerra civil en Costa de Marfil con la clasificación al Mundial de 2006.

Luego esta otra gran realidad: es solo fútbol. “De las cosas más importantes, de las menos importantes”, una frase que se le atribuye al estratega Arrigo Sacchi, el Pep Guardiola de finales del Siglo XX. No va a cambiar el país si la pelota pega en el palo y entra. Es un negocio que sirve para mejorar la marca país o hacer Sportswashing como Arabia Saudita o Qatar. No va a recuperar la empresa petrolera o hacer que el sueldo rinda más en el mercado o que haya insumos en los hospitales. Insisto es solo fútbol, una forma de entretenimiento de masas y de lucrarse los que manejan los hilos detrás de bambalinas.

Entonces en este inicio de Eliminatorias, en menos de un mes, Fernando “Bocha” Batista no solo tendrá el reto de consolidar un planteamiento, que le acerque a un funcionamiento más aceitado. Por los momentos han llegado primero los resultados, que el juego. Se puede ver en la tabla con el cuarto lugar. Pero como definió el colega Alfredo Coronis viene la etapa de la Selva del Darién. Recibir a los campeones del Mundo de CONMEBOL: Uruguay, Brasil y Argentina. Aparte de visitas incómodas a Bolivia, Paraguay y Chile. En medio de todo el polvorín que es Venezuela, tendrá que congregar al vestuario y buscar cohesión luego del sismo del 28J. La Vinotinto siempre ha tenido la misión de darnos alegrías y de unirnos. Hoy más que nunca es necesario.

Fernando “Bocha” Batista.

Luego la hinchada es libre de gritar lo que quiera en el Monumental de Maturín. O incluso si decide que no están las condiciones para ir de todas partes del país a la Joya del Oriente. Pero el país necesita regalarse esos 90 minutos de desconexión. Si vamos al cine criollo. Esto no es “Simón” para hacerle honor a la memoria o “Jezabel” para plantearnos un futuro postrevolucionario. Los tiros van por “Érase una vez en Venezuela” y “Papita, Maní y Tostón”, unión con entretenimiento. Pasarán los años y habrá otro rey sentando en el trono de hierro de Sabana Grande. Pero la Vinotinto se mantendrá como institución. La selección no es exclusiva de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, María Corina Machado o Edmundo González. Es de ellos y de todos. De todos los que la sentimos nuestra. Vivamos en Venezuela o estemos allende de sus fronteras. De los niños que crecieron en el extranjero y de las parejas de los venezolanos que se ponen la camisa Vinotinto.

Por eso todos en septiembre, luego de tanto conflicto. Tenemos que ir en masas a la casa de la abuela. Porque en tiempos de una polarización abrasiva en todo el planeta y de un conflicto de poderes dentro del país, tener la licencia para unirnos es un privilegio. Que la furia sea con el árbitro, que los lamentos sean por un pase errado y que el sonido de la alegría sea un gol. Eso durante 180 minutos, en septiembre, noviembre y diciembre. Luego volveremos a la cotidianidad, a dar lo mejor de nosotros para llenar la nevara y hacer un mejor país.

Por esa nación donde nadie se le prive la libertad de aupar a su selección por pensar distinto. Un pedazo de tierra donde haya muchas casas de la abuela. Por los momentos, cuidemos esta que se llama Vinotinto, que no cambia realidades, pero nos regala fogonazos de utopías.

Te invitamos a leer a Luis Vílchez en su blog 

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